
Che: ¿este fin de semana qué elegimos: la mala suerte del viernes 13 o el jolgorio de los enamorados del sábado 14 de febrero? En cualquier caso, los estadounidenses han desembarcado definitivamente por estas zonas, eso está claro. Ahora bien, ¿se puede decir algo más? Sí, que el viernes 13 se considera un día de mala suerte en las culturas anglosajonas. Pero en Grecia, España y Latinoamérica, el martes 13 cumple el mismo papel, y en Italia, le toca al viernes 17. Yendo concretamente al número 13, parece que desde la antigüedad fue considerado como de mal augurio: en la Última Cena de Jesús fueron 13 los comensales. La Cábala enumera a 13 espíritus malignos, igual que las leyendas nórdicas. En el Apocalipsis, el capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. Una leyenda escandinava cuenta que, según la misma tradición, en una cena de dioses en el Valhalla, Loki, el espíritu del mal, era el 13° invitado. En el Tarot, el 13 hace referencia a la muerte. Y además, muchos hoteles en el mundo no tienen piso 13, saltan al 14… directamente. Pero si vamos a “lo lindo”, el Día de San Valentín es una celebración en la que los enamorados, novios o esposos expresan su amor o cariño mutuamente. Se celebra el 14 de febrero, onomástico de San Valentín, hoy en día, mediante el intercambio de notas de amor conocidas como «valentines», con símbolos, como la forma del corazón o la de Cupido. Algunos dicen que el Valentín relacionado con el amor es el Valentín de Roma. Otros dicen que es el San Valentín de Terni. Pero lo que sí parece seguro es que el Día de San Valentín es típicamente occidental, pues se remonta a la Antigua Grecia y a Roma. De cualquier manera, el moderno Día de San Valentín fue llevado por los británicos a Estados Unidos en el siglo XIX. Y enseguida, como era de esperarse, toda la parafernalia púrpura-comercial, tan del gusto yanqui, se puso en acción. Por estas pampas, también estamos en esa, hace tiempo. Acá sirve (si estás con alguien y tenés ganas de festejar esta celebración, por supuesto) para gastar plata, no sólo mandando postales, sino también comprando toda suerte de regalitos inútiles, saliendo a cenar a algún lugar especial con el enamorado, esposa o peor es nada; o, si no, simplemente para caer en la más baja cursilería y envolverle el regalo al resignado destinatario en papel brilloso con corazones rojos y un peluche adentro que tenga un cartelito que diga: “
I love you forever and ever”.